MATAR EL GOCHO I El mes de noviembre es un mes triste por la nostalgia del verano recién terminado y por el intenso frío que nos visita casi sin avisar. Pero tiene sus alicientes, pequeños pero aceptables a falta de otros mayores. Uno de ellos es la feria de San Martino y otro la matanza del cerdo. Para el primero llevábamos varios domingos recogiendo leña y guardándola en alguna bodega derruida a fin de montar la gran hoguera del año en la parada del coche de línea el día 11 cuando los mayores venían de la feria de Mansilla, a donde habían ido a vender un animal, un saco de legumbre, o simplemente a ver mundo y comer en la fonda un cocido, unos callos o una fabada. El caso era celebrar algo. El otro aliciente era la matanza, y es que el día de Sanmartíno era como si sonase el pitido de salida para comenzar las matanzas en toda la comarca, y por tanto en todas las casas pues no había una que no la hiciera. La pregunta ya era cuándo vas a matar el gocho. Hoy suena fuerte, incluso cruel y bárbaro, pero nosotros lo decíamos con toda naturalidad, de ninguna manera hería la sensibilidad de nadie, tampoco de los niños. Así era, y que cada uno lo tome como le parezca o admita la piel delicada que se ha formado al hilo de nuevas prédicas y necesidades menos perentorias. Nos atemorizaban mucho los gruñidos por una cuestión de miedo y susto, pero refugiados detrás de la ventana de la cocina no perdíamos detalle de la batalla por la supervivencia que se estaba librando en el corral. Era un acontecimiento importante en la vida de la familia y se vivía con intensidad y con un regocijo propio de una fiesta cuyos frutos íbamos a degustar todo el año. En la casa de un labrador de entonces, junto a los animales de trabajo, no faltaba el cerdo, dos en algunos casos, pocos, y al lado de la cuadra de vacas estaba la pocilga. Se compraba a tiempo para que en Noviembre o Diciembre del año siguiente tuviera catorce o dieciséis meses y alcanzara un peso alto, de tal modo que hacerle llegar a 24 arrobas, 280 kgr., era un éxito de buena raza y mejor crianza. Se escrutaba el calendario buscando la fecha más libre de otras tareas y se lanzaba un deseo de que el tiempo acompañara en ese momento con cuanto más frío mejor, sol y nada de lluvia ni humedad. Es probable que algún labriego culto suscrito a las publicaciones de entonces consultara el pronóstico del tiempo en el Calendario Zaragozano, al margen de que luego hiciera más caso a su olfato y anhelo que al folleto de pastas rojas que tenía entre manos. Pero se divertía. Lo primero era hablar con algún familiar y vecino para recabar su ayuda, pues la batalla con el animal era dura y tenaz, pues había que reducirlo y llevarlo al banco a pura fuerza Ya tenía bastante sabiduría el bicho para dejarse embaucar. Seis u ocho personas mayores formaban la cuadrilla adecuada capaz de evitar sorpresas, de escaparse del banco con el cuchillo clavado. Alguna vez, dicen, ocurrió; yo no lo vi. Si uno no podía se recurría a otro, pero había alguno que se hacía casi imprescindible. En nuestra casa era el Sr. Nemesio, el marido de la Sra. Carola, padres de Oliva, Pablo y alguna otra hija. Era una mano más pero lo que mejor hacía este hombre era hacernos reír a todos con sus chascarrillos, sus memorias y la manera de contarlos. Todas eran historias verídicas que le habían pasado a él en la guerra de África, en la mili, cuando era mozo, en el pueblo este o en el otro, en las ferias, en mil y una circunstancias a cual más verosímil. Era un buen contador de cuentos para adultos, y eso se agradece. Así, uno a uno, iban llegando todos los citados y se juntaban al tibio sol que brillaba en medio corral, mientras en el otro medio todavía seguía la helada que había caído durante la noche. Estaban preparados ya el banco, las cazuelas y peroles, una buena lumbre, los cuchillos, las pajas largas para chamuscarle, las escaleras para colgarle, las artesas y baldes. Todo lo necesario para la operación había sido minuciosamente previsto por las personas mayores que año tras año repetían la operación. El matarife había aprendido el oficio de los anteriores o de algún experto que hubiera en la familia como en nuestro caso fue el tío Lucas, maestro de mi hermano Dositeo cuya habilidad y ganas de aprender se manifestaron desde muy pronto. Llegado el momento, el hombre de la casa menos extraño al animal abría la puerta de la pocilga invitándole a salir, cosa que raramente ocurría, al revés que otros días que atropellaba a quien pillara por el pasillo para ir a hozar al corral. No le habían echado de almorzar hoy ni de cenar el día anterior, y eso sabe que no ocurre por casualidad en la casa donde está; algo extraño puede estar sucediendo. Finalmente, como no obedece a las reiteradas invitaciones amistosas, le echan un lazo al morro por detrás de los fuertes colmillos y a empujones en medio de penetrantes gruñidos le llevan a donde no tenía previsto acudir, al banco del sacrificio donde le tienden y sujetan con brazos y codos. Fuerza contra fuerza y necesidad contra instinto de supervivencia, una constante en la naturaleza. El matarife hace su trabajo con tino para que sangre bien, y el ama de casa con su pañoleta negra en la cabeza recoge en un barreño la sangre para hacer con patatas la comida del día y para elaborar morcillas. Poco a poco todos se dan cuenta que el drama ha terminado. Levantan las manos, contemplan la escena comentando las excelencias de la presa, descansan un instante y a chamuscarle, o sea quemarle las cerdas y raspar la piel para dejarla limpia de toda clase de adherencias. Ahora el fuego calienta las manos y entretiene a los chicos a la espera de que alguien arranque las uñas bien torradas de las patas para comer los molletes, o al menos darles unas dentelladas y sacarles algo de substancia. Una parte de la cuadrilla abandona la tarea pues la parte más pesada ha terminado. Queda abrir el cerdo sacando la barbada, retirar el intestino desentritiñando las tripas, cortarlas y lavarlas, con infinita paciencia, protesta de los riñones y la espalda y no poco frío, aunque el balde se llenara con agua caliente, no mucho porque con agua muy caliente se daña la tripa. Los chicos mientras tanto estábamos sobando la vejiga frotándola contra el suelo y soplando para que se hiciera grande y poder jugar al fútbol con ella. Larga tarea que nos llevaba toda la mañana para luego romperse a la primera patada que la dábamos por suave que fuera. Breve vida de media hora o una tarde como máximo para un trabajo sucio. Ya en trozos la utilizábamos para hacer una o dos zambombas que sonaban muy bien con los villancicos de Navidad, si es que llegaban allá. En cuanto al cerdo, por hoy ya solo quedaba atarle al último basal de una escalera de madera y levantarlo para que se enfríe y seque por dentro durante un día o dos. Macario Aparicio Marne