LAS ESTRELLAS FUGACES No sabíamos nada de ellas pero las veíamos todos los años y nos asustaban. Éramos unos privilegiados para contemplar el firmamento porque vivíamos la noche durante muchas horas bien sea trabajando o en viaje de un lado a otro, y además a oscuras, incluso sin luna en las fases correspondientes de su ciclo. La lumbre del cigarrillo entre los labios de algún hombre era la única luminaria artificial que había alrededor. De modo que los cuerpos celestes aparecían en toda su brillantez. Y a fe que lo hacían. Dicen los libros que a simple vista se pueden contemplar entre dos y tres mil estrellas en el cielo; será verdad pero parecían muchas más, no había un palmo del firmamento sin una o varias juntas. Era un panorama que sin entenderlo resultaba fascinante. En el suelo reinaba la oscuridad casi absoluta, como digo, de tal manera que era difícil realizar cualquier tarea, incluso caminar, pero el cielo a lo suyo, rutilantes estrellas por doquier. Otra cosa es el conocimiento que nosotros teníamos del panorama, que como también he dicho arriba, era casi nulo. Apenas unas nociones teóricas de astronomía que incluía el sol, los planetas y las estrellas como ideas de los libros ajenas a la realidad. Apenas aprendimos a distinguir la osa mayor, la osa menor y las tres marías, que supongo serían las estrellas del cinturón de la constelación Orión. Esto es todo lo que recuerdo escuchar a mi padre. Y a los maestro nada de nada, a ninguno. Así que las estrellas fugaces eran eso, estrellas que se iban a sabe Dios dónde porque querían, o caían al abismo que podía ser la tierra cansadas de vivir en el aire. Temblaba cuando en agosto, al venir de la era a las once de la noche tenía que ir con las vacas al agua a la fuente del caño, a doscientos metros de casa. Miraba de reojo al cielo y distinguía nítidamente el rastro de la estrella fugitiva preguntándome si mataría a alguien o incendiaría los campos. Por supuesto deseaba que no apareciera en el camino de vuelta a casa con las vacas. Hoy hasta los niños saben lo que son. ¡ Qué ocasión perdimos todos los campesinos para aprender a mirar el universo estelar! Solo con las horas empleadas en viajes de un lado a otro salíamos licenciados. Pero nadie despertó la curiosidad de nuestra mente, ni parientes ni autoridades. Quizá fuera que tampoco había en ellos, en los mayores, hueco para “trivialidades”, la necesidad urgía tanto que lo ocupaba todo; “no eran tiempos de requiebros” escribía Carlos I a su esposa desde los campos de batalla de Europa, pensamiento que se podía aplicar ajustadamente a las circunstancias vigentes entonces. Macario Aparicio Marne