DE LAS VACAS A LAS MULAS Y DE LAS MULAS A LOS TRACTORES Las vacas y las mulas coexistieron durante años. Y tampoco los tractores irrumpieron en tropel en el campo. Vinieron poco a poco comenzando por los agricultores más pudientes, más atrevidos o más comprometidos con el futuro del oficio. También influyeron las fuerzas dedicadas por cada familia al trabajo en el campo, y las posibilidades de desarrollar un gran volumen de actividad para rentabilizar la inversión en la compra de la nueva herramienta. Quien más se implicó en esta aventura de modernización, antes y en mayor medida disfrutó de su rendimiento. La década de los años 1960 al 70 fue el período central en que se realizó la transformación en nuestra tierra y en general en todo el agro español. Hubo adelantados y retardados, y los que no se subieron cada uno por sus propias razones a esta primera oleada de modernización abandonaron pronto el pueblo y se convirtieron en los primeros emigrantes en llegar a las ciudades en busca de un futuro mejor. Era natural, se encontraron de pronto en una inferioridad de condiciones de trabajo y de producción que ponía en peligro su supervivencia. Aquí se inició la despoblación de las aldeas. Llegaron primero unos tractores sin cabina, lentos, ruidosos, escasos de potencia, apenas llevaban dos o tres arados pequeños, que hoy calificaríamos casi como máquinas de juguete. Pero eran un adelanto de ensueño porque araban, trillaban, acarreaban, sembraban, casi todo estaba a su alcance. Bien recordamos los Super-55, Barreiros, Zetor, Fame, Masey-Ferguson, Fiat, Ebro, etc., y más aún revivimos el frío que tuvieron que pasar los tractoristas jóvenes y maduros al volante de esas máquinas arando en las noches gélidas de otoño e invierno. Porque los ingenieros pensaron mucho en la máquina y poco en el conductor. Los cambios. Se produjeron cambios en el pueblo y en las personas, bastantes. Sin embargo, apenas se notaron porque eran a favor, traían bienestar, más rendimiento y sensación de progreso, pero claro que modificaron bastantes costumbres. Las cosas sucedían más deprisa: ya no había que enganchar la pareja para ir a trabajar, ni darla antes el pienso para que se alimentara; como máximo había que llenar de gasoil el depósito o mirar el nivel del aceite, si no lo habías hecho la noche anterior; los viajes a las tierras no duraban una eternidad a la ida y un poco más a la vuelta, cargados o de vacío; el trato, a veces suave a veces áspero con los seres vivos se transformó en la necesidad de aprender unas nociones de mecánica, cuantas más mejor, pues las rabietas en adelante iban a ser con relés, cajas de cambios, presión del aceite, telares que no sufren ni padecen, ni responden a las diatribas, pero son tercos como las mulas, y mucho más. Y hasta una parte de las conversaciones comenzaron a versar sobre temas nuevos, olvidándose de los de toda la vida. Así en las familias comenzamos a hablar de mecánica y aprendimos todos lo que era el tercer punto, el agua en las ruedas, las velocidades cortas y las largas, y hasta el color especial del gasoil agrícola para evitar la picaresca. Más cambios: en adelante los ruidos del pueblo iban a tener otros sonidos. El cantar de los carros, orgullo de los labradores, se sustituye por algo que se llama nada pues los remolques, sobre ruedas de goma, no suenan; el chirriar de los carretillos con sus arados al hombro se pierde porque ahora los arados vienen en el aire cogidos con las pinzas del tractor. Principalmente se oyen rugidos del motor, diferentes para oídos expertos según la marca, chirridos de hierros que rozan entre sí, cadenas que se golpean y frenos que se aplican a las llantas de las ruedas. El pueblo aparece colonizado por extraños artilugios que no entienden la voz humana, solo obedecen a una rueda que gira a voluntad de unas manos juguetonas. La vida deja paso a la mecánica, a los minerales. Y todos lo celebramos con alivio y amplias expectativas. Las cuadras ahora vacías se llenan de bicicletas, estanterías y trastos que poco a poco van quedando obsoletos. Los aperos del ganado colgados de clavos en los portales y luego retirados a un rincón se acartonan y se pudren; las herramientas de pronto inútiles, muchas y variadas, arrinconadas en cairizos oxidándose al paso del tiempo. No pocos nostálgicos buenos han acondicionado casas y naves para conservar estos objetos que juntos dan cuenta de un período de la historia y de la vida de unos hombres en un lugar concreto del planeta. Los llaman museos y el nombre suena algo pretencioso y mercantil, pero que duren muchos años. Los animales fueron desapareciendo más bien deprisa que despacio. Al principio se conservaba una pareja para alguna faena de poca entidad, o en lugares inaccesibles para el tractor como las huertas y fincas diminutas. O se mantenía la burra de toda la vida para viajes de apoyo y de servicio familiar. Pero cuando se hicieron viejos estos ejemplares se vendieron y ya no se sustituyeron. La máquina podía hacer más cosas de las que se pensaba sabiendo manejarla, o las cosas se adaptaron a las condiciones de la máquina. Ambas cosas ocurrieron. No hay duda, pienso, que hubo quién sintió nostalgia de la compañía de sus vacas, de la ceremonia de enganchar y desenganchar la pareja, de darlas de comer, de caminar detrás de ellas cogido a las manillas del arado, de los apuros que pasó trabajando con ellas y superó con su esfuerzo generoso. Y el nombre de algún animal ha quedado grabado para siempre en la memoria de la familia, como la Serrana o el Rubio. El título del escrito alude también y en primer lugar al paso de las vacas a las caballerías, que sin duda existió pero no fue muy definido, pues siempre coexistieron parejas de vacas y parejas de caballerías, incluso en la misma casa de labranza. Las caballerías tenían un paso más ligero y por eso venían a aumentar la productividad dando más velocidad a las tareas, pero tenían menos fuerza que las vacas y eso era fundamental en las duras labores del campo. También eran menos manejables y seguras, cosa ésta muy importante para transitar por aquellos caminos tortuosos. Por eso nunca sustituyeron totalmente al vacuno, ni siquiera fueron la opción mayoritaria. Fue un ensayo que resultó un éxito menor. Por cierto que esta variable vacas-bueyes frente a caballos-mulas viene de lejos, de la edad media por lo menos, y fue asunto polémico entre nuestros ilustrados como Gaspar Melchor de Jovellanos que siendo asturiano conocía bien León y que manifestaba su preferencia por los primeros en términos tan familiares y apegados al terruño que se diría tenía gran experiencia en laborar con unos y con otros animales. Hemos sido, pues, testigos y partícipes de un paso adelante de nuestros pueblos llamado industrialización del campo. Aumentó la productividad, disminuyó el esfuerzo, apareció el tiempo libre y llegaron diversiones nuevas. Y el proceso siguió aceleradamente hasta hoy, con diversos cambios de productos de cultivo, de precios, de mercados, de burocracia, de centros de decisión, etc. Tanto avanzó que hoy está en peligro … todo: el trabajo y el pueblo. ¿Se termina un camino?, ¿cómo será el que venga? No se vislumbran las nuevas rutas, pero seguro que serán hacia adelante. Macario Aparicio Marne