A PISAR EL PAJAR No debía falta un relato sobre las peripecias de los chicos en el pajar. Era una faena que temíamos y deseábamos a partes iguales. Nos divertían algunas bromas y otras novedades y nos repelía el polvo que se tragaba y el picor de todo el cuerpo durante unos días. Pero ahí estábamos todos los años desde muy pequeños dispuestos a entrar a pisar el pajar. Al principio no hacía falta nadie, solo accedía de vez en cuando una persona mayor para ir extendiendo la paja por toda la superficie del local. Pero cuando ya se caía por el bocarón, el que tiraba la paja hacia arriba con la bielda pedía ayuda para que lo que él subía con esfuerzo no se viniera abajo por el mismo sitio que entraba. Y allí interveníamos nosotros. Al principio con mucho cuidado y quizá con alguna ayuda, pues la paja estaba en el aire y se hundía uno más de la cuenta. Pero cuando estaba un poco pisada y a unos metros por debajo del bocarón nos quedábamos solos viendo entrar las vendadas, extendiéndolas y corriendo o gateando por encima. Así hasta que llegábamos al ras del bocarón; a partir de ahí había que repartir la tarea, uno al lado lanzando hacia dentro la vendada que llegaba y otro distribuyéndola por el almiar. Era más divertido estar al borde del bocarón porque daba tiempo a fisgar lo que pasaba por la calle y el trabajo del que estaba fuera, aunque a veces recibía como sin querer en toda la cara una vendada que disfrutaba disimuladamente el de abajo y sufría el de arriba, tramando la venganza que consistía en hacerle lo mismo a él cuando menos lo esperase. A veces la broma era ligera pues el de abajo mandaba solo media vendada de paja, apenas los dientes de la bielda cubiertos. Eso significaba que le iba bien la mañana, que no le molestaba el viento o que los que cargaban en la era eran flojos y le daba tiempo suficiente para hacer su labor. En una palabra, que estaba de buen humor. Otras, sin embargo, nos sorprendía como digo con un biendazo de paja que se nos estampaba en la cara y nos dejaba ciegos y mudos para un rato. Era su manera de decir que allí mandaba él y cuidadito con las bromas. ¡Abusón!. Había que moderar los humos y las ganas de revancha y guardarlas para momentos de máxima seguridad si se presentaban. Los nombres de Tino, Daniel, Adolfo, un palentino taciturno y trabajador, etc., son amables recuerdos hoy. La paja trillada suponía una materia de primera necesidad para la vida de la casa. Era alimento para animales, mullido para las cuadras y combustible para una lumbre que lucía en la cocina solo 365 días al año durante muchas horas. Y si sobraba, como era el caso, se vendía a algún conocido de la montaña, o de la capital como un tal que Nicolás, yerno de D. Máximo con una rica cuadra en el Bº de San Andrés de León, que tenía un Chevrolet azul flamante. Un tesoro, sí, pero había que encerrarla, o sea traerla de la era a casa. Para ello se añadía a la trasera del carro una red amplia para aumentar su capacidad, y viajes van y vienen, uno detrás de otro, de la era al pajar donde se descargaba en un montón al lado del bocarón y un adulto vendada a vendada la mandaba al almiar como digo arriba. La ceremonia se repetía milimétricamente una vez y otra: llegada a la era, colocar el carro a celo de culo al montón, el que llegaba y el o la que estaba en la era comenzaban a echar vendadas al carro. Cuando se llenaba se ponía la red y el chico ya subía al carro para echar a la red la paja de un envite y pisarla para que no se cayera por los agujeros de la red, y seguir cargando hasta llenar el carro. El viaje de vuelta a casa suponía en general la primera vez que los mayores nos permitían ir solos conduciendo el carro. Eso nos agradaba. Nos íbamos haciendo mayores, o interesaba que así fuera. Resulta difícil imaginar un trabajo más molesto, desagradable y dañino para todos los sentidos. El polvo se pegaba al cuerpo por el sudor y entraba a la boca y los pulmones, picaban los ojos. Pero nosotros encontrábamos divertido brincar en la mullida paja, tocar las veras del techo, gatear para no darnos coscorrones con las veras, jugar con el que estaba fuera, escalar por la cuesta de la paja y otras cosas por el estilo. Y al salir no había ducha posible: sacudir la ropa, un chapuzón en la pila del corral y a correr. Macario Aparicio Marne